Tuvimos
la grata sorpresa el pasado mes de diciembre, fruto
de la casualidad, de contar con la visita de Haydée
Sánchez, una aikidoka gaditana. A continuación
plasmamos la experiencia vivida por ella, los pensamientos
y sensaciones que iba notando a medida que se adentraba
en el ritmo y temario de la clase en el dojo de Sabadell.
“Llegué
al gimnasio, sin saber muy bien que hacia allí.
Nada más entrar, me saludó un oriental
y el que parecía ser su hijo, lo cual me empezaba
a introducir en esa cultura y ese ambiente de aquellos
tiempos ancestrales... y, por tanto, comencé
a sentir la clase de Aikido que iba a recibir.
Entré en ese dojo... con el tatami azul.. duro...
frío...me sentía insegura y dubitativa;
era el segundo dojo que conocía en mi corta
experiencia en el arte del Aikido.
Un extenso calentamiento hacía que levantara
la vista sintiéndome perdida, todo comenzaba
distinto. Cada vez me sentía más sola
en aquel lugar, aquella ciudad a las afueras de Barcelona,
Sabadell, a 1.300 Km de mi ciudad natal.
Ukemis, shikko...me encontré mucho el trabajo
de las 8 direcciones (happo giri) y una fuerte base
en los desplazamientos.
Una vez dentro de la parte técnica, empezamos
desde Suwari waza, Menuchi – Ikkyo ura.... no
tenía nada que ver con lo que conocía,
el concepto era más directo, menos movimiento,
un enorme trabajo interior alejado de toda apariencia
exterior, en definitiva un desequilibrio más
rápido, entonces fue ahí donde comprendí
la diferencia con nuestra forma de trabajar. Sencillamente
era diferente.
El ambiente propiciaba al estudio del concepto que
se quería desarrollar, más tranquilidad,
menos velocidad, todo mas calmado, pero sin pausa,
sin perder la fluidez.
Un apunte curioso que noté, fue que en aquella
práctica de 2 horas, sólo estudiamos
4 técnicas, mientras que en mi dojo habitual
en Cádiz, no se bajan de la 7-8 técnicas
en 1 hora. Algo me hacia meditar sobre ello....
Durante los entrenamientos observé muchos cambios
de uke, la práctica se hacía con todos
por igual, desde blancos a marrones, se notaba el
fluir de la energía..
Hanmi handachi, no lo había practicado nunca,
fue una novedad más en aquel dojo que empezaba
a entenderse conmigo...
Las dos últimas técnicas fueron con
alguna variedad o particularidad diferente para los
más antiguos y su versión más
sencilla para los que vamos empezando. Todo a su debido
tiempo pensé ahí.
Dos aspectos más que me llamaron la atención
de este desconocido pero provechoso entrenamiento
fueron el saludo entre uke y tori al final de cada
técnica, y el estiramiento de espalda como
ultimo ejercicio para relajarnos de una práctica
intensa.
Al abandonar la clase y poner el pie fuera de la sala,
sentí como aquél cúmulo de sensaciones
y conocimientos entraban en mí, buscando su
sitio y asentándose. Disfruté mucho,
la magia del Aikido estaba conmigo.”